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Por alguna parte hay que empezar cuando uno se dispone a plasmar para los amigos apuntes inconexos de una vida no tan frecuente para la Argentina, aunque acaso corriente para una Europa sacudida por siglos y siglos de guerras y hambrunas.

 

Veo a un muchacho de 13 años apenas cumplidos, allá a fines de 1944, sintonizar la radio a válvulas para seguir por el parlante cuajado de frituras e interferencias, el rumbo de las escuadras de aviones enemigos sobre el Este de una Alemania en sus postreras convulsiones bélicas.

La emisora trasmite a cortos intervalos el derrotero zigzagueante de los bombarderos norteamericanos surcando con sus estelas de escape de vapor cristalizado en el límpido y frío cielo otoñal; son necesariamente B 17 americanos, porque vuelan más alto – y por ello un poco más alejado del fuego graneado de la Flak – que los Bristol Blenheim o los Avro Lancaster ingleses, que hacen sus incursiones preferentemente de noche. A veces parece que las bandadas de pájaros metálicos vienen directamente en procura de uno; otras veces se alejan para despistar y no permitir acertar dónde dejarán caer sus bombas.

Ese muchachito flaco es el único de toda la escuela que ha quedado en un aula del colegio sintonizando cómo ora se acercan, ora se alejan las cuadrillas enemigas; el resto de los alumnos ha buscado refugio, junto con los profesores, en el subterráneo apenas sonaron las sirenas dando alarma antiaérea.

Por la radio se difunde con breves intervalos la posición de los atacantes. Y el único que sabe dónde y cómo captar  esos mensajes de alerta - aunque se emiten por modulación de amplitud - es aquél adolescente sentado junto a una crujiente radio de válvulas, para luego correr hasta la boca del refugio donde uno de los maestros asoma la cabeza a fin de recibir el mensaje de la posición enemiga.

Falta por entonces medio año largo para el fin de una guerra que algunos alemanes esperan todavía se pueda ganar y la mayoría tiene fervientes deseos quiera terminar de una vez por todas.

Hasta ese momento en el Este de Alemania eran infrecuentes las incursiones de los aviones aliados. Se escuchaba, sí, con viento a favor el tronar lejano de los duelos de artillería germana y soviética. Pero por lo demás son raras las alarmas aéreas, que en cambio tienen en vilo las ciudades del Oeste, como Colonia o Hamburgo, como Berlín, Hannover o las ciudades de la Cuenca del acero y del carbón del Rhur.

Sin embargo ahora, cuando el cerco alrededor de Alemania se va estrechando, los aliados ya no tienen necesidad de salir de Gran Bretaña, incursionar hasta alcanzar su objetivo y volver a sus bases. No, ahora pueden atravesar el Reich para descender en Rusia o Rumania.

Por eso es que en estos meses postreros de 1944 no sólo se oye el tronar lejano de los cañones y se observa la traza iluminada de los pesados proyectiles en el firmamento nocturno cuando las granadas alcanzan su apogeo, sino, cada vez más frecuente, se ve también el espectáculo sobrecogedor - ¡si no fuera mortal! - de lo que los sufridos alemanes llaman los “árboles de navidad”: son los marcadores luminosos que descienden lentamente suspendidos por paracaídas arrojados por los Pathfinder enemigos sobre el objetivo identificado (que vuelan adelante) para que los bombarderos que siguen abran sus compuertas y descarguen toda su carga infernal en la cuadrícula señalada.

Y, como quiera que medio centenar de kilómetros al Sur del lugar donde vive aquél muchacho se halla la otra gran cuenca de la industria del acero y del carbón, por Katovice en la Polonia ocupada, aquellos árboles de navidad tan letales iluminan el cielo nocturno con frecuencia cada vez mayor.

Un par de veces las bandadas enemigas todavía siguen alterando su derrotero. El muchacho que estoy viendo, cada vez que hay alguna novedad corre para trasmitírsela a sus profesores y compañeros. Por fin, al cabo de 45 minutos acaso, los aviones se han alejado en forma definitiva y las sirenas anuncian el fin de la alarma. Entre comentarios, todo el mundo vuelve a clase y la vida continúa. Al menos para esta comunidad. Nuestro personaje es consultado por sus compañeritos cómo fue, exactamente, el derrotero de los aviones que nadie llegó a ver. Aunque pronto el tema de conversación cambia y se orienta hacia la materia que dicta el profesor y al almuerzo cuya hora se acerca. Cuanto menos se tiene para comer, como en la guerra, más se habla y se piensa en la comida.

 

*   *   *

Aquél muchacho que estoy viendo no es otro que yo. Yo mismo, hoy Federico B. Kirbus, por entonces Burghardt Kirbus, 60 años después. Nunca me interesó ni entendí lo relacionado con la electricidad y luego la electrónica, como tampoco de química y la alquimia; y mucho menos aún de la abominable política. Pero desde chico supe sintonizar emisoras. La radio como oyente atento, y (al igual que a mi padre) la fotografía, marcarían mi vida.

Y me decido a escribir estas líneas cuando leo en las páginas de La Nación (que durante varios años fue también mí diario) los capítulos del nuevo libro del doctor Félix Luna sobre “La historia de Todo es Historia”. Avanzadas sobre como el hombre hacía sus primeras armas como abogado imberbe, la colimba o cómo nació la Misa Criolla.

Si estos pueden ser contenidos de un libro y adelantos en un diario, ¿por qué no pueden serlo los apuntes de una vida agitada como la mía?

 

*   *   *

Así es como después de masticar el asunto durante algunos días en la madrugada del 26 de enero de 2005, en un rato de insomnio, me siento frente a la computadora para comenzar a teclear este repaso. Recuerdo que cuando Ricardo Lorenzo “Borocotó” padre (el verdadero y genuino) escribió la final de sus famosas Apiladas en la última página de El Gráfico (hoja postrera, pero siempre la primera en ser leída), remató su breve despedida con la frase “Alguna vez tenía que ser. Y fue”. Pues bien: inversamente, por alguna parte hay que empezar, y es con el relato de este fugaz momento hacia finales de la segunda Guerra Mundial.

Allí mi tío Fridolin y mi padre Oskar tenían una fábrica de artículos metalúrgicos: camastros de metal, bicicletas (para mí, en plena adolescencia, ¡albricias!, un cuadro nuevo cada año…) y cochecitos para niños; aunque durante el conflicto toda la actividad estaba dedicada a la producción de soportes de bombas para aviones y cáscaras fragmentadoras para granadas de mano.

Los pocos alemanes (en realidad éramos austriacos) vivían como minoría en una comarca esencialmente poblada por polacos. Y por consiguiente, rodeados también por partisanos. Más de una vez viajando en tren unos 30 kilómetros de casa al colegio, con la locomotora empujando un vagón vacío para el caso de minas colocadas en las vías, hubimos de apearnos y rodear a pie la formación anterior que había sido volado, para tomar en el otro extremo un tren que venía del lado opuesto a recoger a los pasajeros.

Nuestras casas - la de mis tíos y la nuestra, separadas por un centenar de metros y situadas ambas en hermosos parques arbolados -, durante los últimos años de la guerra cuando ya los soviéticos venían avanzando y los partisanos se ponían cada vez más atrevidos, habían sido convertidas en verdaderas fortalezas. Mi padre y mi tío se armaron de cuanto armamento podían canjear de las tropas alemanas que pasaban en retirada, como ser pistolas, alguna carabina y granadas de mano, a cambio de algo de comida. En los árboles las casitas para los pajaritos, especie de nidos artificiales para la volatería en invierno, no tenían fondo o piso sino en cambio lámparas eléctricas potentes. Con un solo giro de llave se podía iluminar el parque y todo alrededor de la casa por si ocurriese un asalto de los partisanos.

Pero nunca nos pasó nada, no obstante que los ataques y los atentados en la región eran frecuentes.

Y también sabíamos por qué.

En esos tiempos la comida estaba racionada mediante cupones y apenas alcanzaba para sobrevivir. Se salvaba quien tenía una huertita donde plantar algo, ni hablar de algunos conejos o bien unas gallinas propias que podían faenarse cada tanto (aunque dolía matar las gallinas si eran ponedoras...; el “pollo” de nuestros días se inventó más tarde).

Los polacos residentes recibían mucho menos que nosotros, aunque a los operarios de la fábrica se les asignaba un pequeño plus de alimentos por las tareas que cumplían. Ciertamente, visto en forma individual esas raciones adicionales per capita, como por caso 25 gramos de manteca extra por mes, 100 gramos de carne y algunos fideos y papas, no alcanzaba para mucho.

Fridolín y Oskar tomaron entonces la iniciativa de retener estas miniraciones y montaron una olla para los obreros, porque en conjunto sí era posible elaborar un sustancioso almuerzo para toda la plantilla.

Este trato hizo que un día alguno de los operarios nos confiara sotto voce que nuestras dos familias habían sido excluidas de la lista negra de personas a ser asesinadas.

Gracias a esto vivimos relativamente tranquilos. Aunque no tanto: la tensión nerviosa era constante, y la respuesta fue la proclividad de todos los mayores a un alarmante consumo de alcohol en cualquiera de sus formas. La desesperación por bebidas espirituosas fue tal que mi tío incluso llegó a destilar alcohol por su cuenta a partir ¡de papas! Una inconciencia total: del poco líquido metílico que probó de esa producción casera, casi se quedó ciego.

El hecho es que gracias al comedor comunitario para el personal polaco (y entre ellos, algunos judíos) nuestras familias quedaron al margen de un posible ataque a pesar de ser “alemanes enemigos”.

Tiempo después leí con no poco asombro de un tal Schindler, cuya actitud no había sido muy distinta a la nuestra, convertido en héroe benefactor y figura del cine. Caramba.

 

*   *   *

Aquél muchachito flaco e imberbe que sintonizaba la radio para conocer el rumbo de los aviones enemigos no era, repito, ningún otro que yo.

Aunque aquella vez ni alcanzamos a ver o escuchar los aviones enemigos, pocos meses después sí los veríamos bien cerca sobre nosotros.

Resulta que a medida que se avecinaban las divisiones del Ejército Rojo, Fridolin y Oskar se percataron que tarde o temprano tendríamos que refugiarnos en dirección Oeste. Y para no vernos desprovisto de todo, en la fábrica se organizó un operativo delicado: se mandaron hacer cuatro cajones grandes de madera terciada para un supuesto envío de “repuestos”. Un día entró en el patio de la fábrica, por un desvío, un vagón de carga en el que se estibaron elementos y pertrechos de nuestra producción bélica a un destino en Sajonia, en el corazón de Alemania. Con todo sigilo se introdujeron en el vagón los cuatro cajones con presuntos “repuestos”, cajas que en rigor contenían ropa y enseres que queríamos poner a salvo ante la llegada de los rusos.

El operativo tenía que llevarse a cabo en absoluto secreto. En este sentido podíamos contar con la discreción y solidaridad de los operarios polacos. Pero no así de la de otros vecinos alemanes. Hubiese bastado una sola palabra delatora para mandar a Fridolin y a Oskar al presidio y tal vez más allá, por “disociación de la moral bélica”.

Pues bien: el destino era, como dije, Sajonia, donde mis padres tenían algún conocido que guardaría los cajones en un depósito. El pueblito adonde fueron a parar las encomiendas se hallaba algunos kilómetros al Sur de Dresden, la hermosa capital de ese país, sobre el río Elba.

La ofensiva final soviética comenzó por el 13 de enero, en medio de un  invierno crudísimo. Millones de alemanes comenzaron con el éxodo: en tren los más afortunados (como nosotros), en vehículos motorizados (raras veces, por falta de combustible), en carros tirado por caballo o a mano, o bien a pie. Días y días de caminar y dormir entre hielo y nieve. A las pobres mujeres se les morían los lactantes en los brazos cuando se congelaba el pis con que los párvulos habían mojado sus pañales.

En los trenes se viajaba hasta en los techos con tal que rumbearan en dirección Oeste. Así llegamos después de diversos avatares (entre éstos, que yo me desencontrara transitoriamente con mis padres) a esa soñolienta localidad sajona donde de la guerra sólo se sabía por radio.

De todas maneras, la alerta antiaérea funcionaba aún en el pequeño pueblo. Estábamos instalados en la casa de una familia que nos debió ceder un dormitorio y compartir cocina y baño. El asunto funcionaba durante la guerra en forma compulsiva y a la perfección: los inspectores iban de casa en casa verificando qué comodidades había y cuántas personas vivían. Dos personas con uno o dos chicos, por caso, en una vivienda con dos dormitorios debían alojar una familia de refugiados o de los que habían quedado sin  techo en los bombardeos. Un problema acuciante: entre 1939 y 1945 perdieron sus viviendas 7,5 millones de alemanes que debieron ser realojadas, y se refugiaron de los rusos más de 20 millones de individuos.

Había trascurrido exactamente un mes desde que abordamos en Silesia el tren que nos alejara del Ejército Rojo, cuando en la noche del 13 de febrero sonaron las sirenas también en nuestra poblacioncita. Algo extraño porque en toda la región no existían industrias bélicas de importancia. Por el contrario la bella Dresden, residencia de los reyes de Sajonia y llamada “La Florencia del Elba”, era una ciudad de castillos, galerías, plazas y parques; nada hacía prever que pudiera ser bombardeada, como Berlin, o Hamburgo, o polos industriales como Stuttgart, Dortmund o Düsseldorf. En Sajonia, bien en el corazón de Alemania, reinaba una paz profunda e imperturbada. Hasta esa noche del 13 de febrero de 1945.

Nos despertamos pero no acudimos al refugio porque no había tal. Por el contrario, salimos a la calle oscura para ver lo que ocurría, mirando en dirección a Dresden, distante unos 20 kilómetros en dirección Norte.

Lo primero que veíamos eran los “árboles de navidad” con sus luminarias rojas, verdes y amarillas descendiendo lentamente del cielo. Y acto seguido las llamaradas de las explosiones de las bombas. Todo ello aderezado con las haces de los reflectores y los pimpollos de las explosiones de la Flak (antiaérea de 8,8 cm) en medio de los enjambres de aviones enemigos.

Puesto que nadie esperaba que los aliados pudiesen bombardear justamente Dresden o Dresde, la ciudad estaba abarrotada de refugiados del Este. Cientos de miles. Nadie sabe exactamente cuántos.

Allí y entonces 773 Bristol Blenheim, Vickers Wellington y Avro Lancaster británicos de la RAF descargaron 2.639 toneladas de bombas incendiarias y explosivas.

La urbe ardía. Los espectadores del Circo Sarrassani, que asistían en esos instantes a la función nocturna, salieron corriendo sin saber adónde dirigirse, al igual que las bestias con sus cuerpos en llamas cuando eran rociadas por el fósforo de las incendiarias.

Como espectáculo nocturno, era una función de fuegos de artificio sobrecogedora para quien, como nosotros, mirábamos desde la distancia. No así para los que quedaron sin casa, sepultados en los refugios, malheridos o muertos, estimados entre 60.000 y hasta tantos como 245.000.

Pero ahí no terminó la cosa. Al día siguiente vinieron 311 cuatrimotores B 17 y B 24 norteamericanos volando más alto que los bimotores ingleses (por eso los yanquis atacaban de día y los británicos de noche).

Se los vio acercarse desde lejos delatados por las estelas blancas condensadas de los escapes. Fue otro espectáculo inolvidable. Muchos años después recién me enteré bien del por qué de las trazas delatoras: un motor a pistón o una turbina trasforma en el proceso de la combustión, 143 gramos de hidrocarburo (combustible) en 144 gramos de vapor de agua. Apenas este vapor sale por el escape, debido al frío reinante las diminutas partículas se congelan y lo que vemos son entonces cristales de hielo que por su naturaleza refractan y reflejan la luz solar.

También en este caso la escena era dantesca: los aviones, las trazas paralelas o entrecruzándose de bombarderos y cazas interceptores, el fuego antiaéreo y, cada tanto, una máquina que se iba en picada.

Durante este ataque los norteamericanos descargaron 771 toneladas de bombas sobre la ciudad en llamas.

El efecto de éste, considerado el más feroz de los bombardeos de la 2ª Guerra Mundial, resultó tan devastador porque Arthur Harris, a quien Churchill había encomendado el comando de los ataques aéreos a Alemania, resolvió cambiar de táctica:”normalmente” se tiraban primero las bombas de explosión y luego las incendiarias. Aquí se invirtió el orden arrojando primero las de fósforo y luego las de TNT para que, iniciados los incendios, las de deflagración produjeran “tiraje” para avivar las llamas. Una hecatombe.

Debo no obstante decir algo que muchos alemanes con quienes conversé en la posguerra me confirmaron: durante los casi cinco años que duró el conflicto, no vi un solo muerto. Si uno tenía la suerte de no vivir en un área de combate o en una ciudad bombardeada, la vida resultó por lo demás sosegada. Salvo, naturalmente, la escasez de alimentos, la falta de indumentaria e insumos y el saber que muchos familiares y amigos estaban en los frentes. Perdí un compañero de colegio de 16 años luchando contra los rusos.

Incluso cuando, ya refugiados en una minúscula aldea en Baviera, a fines de abril o comienzos de mayo de 1945, nos “arrollaron” las tropas norteamericanas, no vi una sola gota de sangre. Las noticias por esos días eran confusas e inciertas, aunque no escasas porque en tiempos así los rumores y las versiones circulan más que nunca.

Pero había indicios que ya los americanos - ¡qué bien que eran americanos, y no rusos! - estaban cerca. Lo concreto es que una tarde vimos avanzar por la carretera que pasaba a unos dos kilómetros del pueblo donde ya vivíamos refugiados, vehículos militares y camiones no del color gris tierra de la Wehrmacht, sino de tonalidad verde oliva. ¡Norteamericanos debían ser!

Lo curioso fue que pasaron de largo ocupando las poblaciones de los alrededores, pero de nuestro pueblito - unas ocho o diez casas con 100 habitantes entre locales y refugiados - ¡se olvidaron!, según supimos después.

De todos modos, a la mañana siguiente aparecieron: jeeps, camiones, coches comando y de comunicaciones. Entre las pocas casas, que en conjunto no ocuparían más de cuatro manzanas, tiraron miles de metros de cable para los teléfonos. En todos los edificios colgaban banderas blancas, casi sin excepción sábanas cortadas al medio. Nunca comprendí qué es lo que tanto tenían que telefonear los soldados estadounidenses si las casas no distaban más que 30 o 50 metros la una de la otra. Cuando se retiraron quedaron tendidos incontables cantidades de hilo que los campesinos locales usaron de buena gana para reforzar los alambrados de sus campos.

La otra cosa que llamó la atención de todos era el derroche hecho por los soldados con la comida. Se alimentaban principalmente de unas raciones unitarias de guerra donde en cada cajita había galletitas, una lata de corned beef, chocolate, té, café y azúcar, granulados para refresco y los infaltables chewing gums o chicles que nos tenían locos a los chicos. Botaron tanto de estas raciones que todo el pueblo pudo probar. Incluso el cartón de la caja estaba impregnado en cera, de modo que con él podía hacerse un fuego y calentar una porción de agua en el casco (el casco exterior, el de acero, servía como recipiente; además llevaban un casco interior de cartón como forro protector para la cabeza).

Pero volvamos al 13 y 14 de febrero. En Dresde nosotros habíamos salvado el pellejo, porque apenas unos días antes habíamos hecho combinación en Dresde pero decidimos alejarnos tomando una serie de trenes repletos, el último de los cuales llegó hasta una pequeña ciudad en el Norte de Baviera. Allí había que abandonar el convoy, pero todo estaba tan bien organizado que frente a la estación nos esperaban – junto con otros cientos de refugiados – vehículos (tractores con acoplados o carros tirados por caballos y aún por bueyes que nos llevaban a pueblitos diseminados en las cercanías).

Nos alojaron como mejor podían. Tocónos una de las casas hacienda de la diminuta aldehuela, y era menester trabajar de sol a sol, mi padre y yo, para procurarnos desayuno, almuerzo y a veces una cena y dejar las magras raciones a mi madre y mi abuela que nos acompañaba en tan triste trance. Llevar a pastar las vacas, cargar y descargar el abono para el campo, segar, arar, sembrar, cosechar, hachar leña, de todo. Invierno y verano.

Durante ese crudo infierno, más que invierno, de 1944/45 dormí, al igual que los años subsiguientes, literalmente en una congeladora. El asunto de la “congeladora” que nos tocó, era así: en la grande y antigua casa familiar de tal vez dos siglos de antigüedad, con muros bien gruesos, los establos estaban abajo y las viviendas, arriba. Una especie de “loza radiante”, por así decir. Las paredes externas estaban impregnaban de humedad que, al caer la columna bajo Cero, se congelaba. Es decir: la pared externa de las habitaciones se cubría con una capa de hielo al igual que el congelador de la nevera. Así dormíamos, colgando en la pared una manta para no tocar el hielo con los brazos, durante el sueño. Aunque hay que admitir que una vez debajo del grueso plumón, en la cama se estaba lo más bien – hasta la hora, ¡ay!, de levantarse.

En el campo estábamos lejos de las incursiones aéreas, y aún del frente de batalla. También aquí parecía reinar la paz más profunda. Salvo, claro, a la hora de la comida, que era más que frugal, magra en extremo. 2200 calorías per cápita. Demasiado para morir.

En realidad, una vez sí nos sobrevoló un cazabombardero norteamericano. Era poco antes de la llegada de las tropas terrestres de ocupación yanquis. La máquina hizo una pasada casi rasante (ya no había defensa antiaérea alemana de ninguna clase) y, al alejarse, dejó caer una bomba en un bosque cercano.

Lo curioso fue que la bomba se precipitó donde no había nada, solamente una foresta densa, y tampoco explotó. Pasado el susto inicial, fuimos un grupo de muchachos a investigar el caso. La “bomba” tenía la clásica forma de tal, pero era grande y hueca. Pronto comprendimos que en rigor se trataba de un tanque de combustible suplementario que el piloto del cazabombardero había desprendido.

En el tanque aún quedaba cierta cantidad de líquido, sustancia que sabíamos era en extremo nociva pues se trataba de nafta de aviación de alto octanaje mezclado con un elevado porcentual de tetraetilo de plomo. Bastaba con que uno se rociara una mano con el líquido para sufrir secuelas serias.

Supe después que más tarde alguien recogió este depósito suplementario, lo vació, lo desabolló y lo usó al final como kayak.

Demás está decir que con todos los anuncios de la maquinaria de propaganda las esperanzas de la mayoría de la población se mantenían altas. Radio Pasillo, allí llamado “Latrinenparole” (apostilla de letrina) funcionaba a pleno. Con rumores que a veces tenían un grano de verdad. Ya después de Stalingrado con todo apuntando a un desenlace fatal, recuerdo los comentarios de un condiscípulo cuyo tío estaba en las más altas esferas, no sé cuáles. Y este compañero de banco afirmó que entre las armas secretas que invertirían la suerte de la contienda a favor de Alemania, figuraban dos: “un avión con mil ruedas” y “una bomba que giraba vertiginosamente cual un trompo, capaz de borrar todo a su paso”. Tiempo después tomé conciencia de que el avión de las “mil ruedas” debía ser alguno de los trasportes de soldados con un tren de aterrizaje de ocho ejes o más para descender en campo abierto; y que la bomba giratoria no podía ser otra cosa que la atómica, de cuyo principio físico de la fisión nuclear se dedujo el efecto de “trompo”.

De este período de posguerra en que Fridolin y Oskar, los inseparables, volvieron del servicio militar tras, por suerte, tan solo dos semanas en un campo de prisioneros de guerra estadounidense, rescato en retrospectiva un hecho singular.

Ocurre que algunos meses después de terminada la contienda y aún con todo en ruinas, comenzaron a funcionar algunos cines, con películas americanas.

No había trasporte. Siendo muchachos no nos importaba, sin embargo, caminar. De nuestro caserío hasta la ciudadcita más cercana donde había un biógrafo, eran unos siete kilómetros. Hora y media de caminata.

Al entrar en la zona urbana veíamos a mano derecha una especie de Chacarita de automóviles apilados, rotos, descompuestos o simplemente fuera de servicio (también por falta de nafta de surtidor).

Muchas veces pasé por allí. Y siempre me llamó la atención que del conjunto de coches apilados – DKW y Horch, Adler, Borgward, Steyr, Stoewer, Wanderer, Opel y otros – sobresalían hacia la calle dos trompas largas, color aluminio. Trompas o colas, no lo sé. Recién añares más tarde me percaté que esas dos colas o trompas debían corresponder a coches de carrera, los famosos Silberpfeile o Flechas de Plata que vaya a saber uno cómo o por qué, en las turbulencias terminales de la guerra fueron a parar a esa chatarrera.

Y me di cuenta aún de otra cosa (que en su momento ni se me cruzó por la mente): de haber tenido dos kilos, nada más que dos kilos de azúcar (es un decir) y haber entrado a ese desarmadero ofreciéndole la mercadería al dueño, este me hubiera regalado feliz las dos chatarras inservibles color aluminio.

A la distancia no sé si se trató de dos máquinas de carrera Auto Unión o Mercedes-Benz de los años 1938 o 1939. Si hoy poseyera una sola de estas maravillas de la técnica, su valor debería ser de un millón de dólares, o más. Pero disponer en 1946 de algo así como un kilo de azúcar, ¡inimaginable!

Esa constante del hambre latente hasta apremiante, o bien esa sensación de no sentirse satisfecho nunca, de jamás atinar uno a decir “¡No doy más!” al levantarse de la mesa, tuvo en la población de posguerra un efecto singular: apenas se reunían dos o tres parroquianos, el primer tema que se abordaba era el del comer. Mis padres y tíos, que solían ser los únicos que durante la preguerra habían vivido por varios años en un país de pan llevar y de una abundancia inimaginable, o sea la Argentina, llevaban en las discuciones siempre las de ganar. Contaban de cómo sobraba y cómo incluso se tiraba comida, cosa que sus escuchas no podían creer. Solían comentar Fridolin y Oskar que la opulencia era tal que en sus años en Buenos Aires (1924-1928 y luego 1929-1933) no hacían café en agua y luego le agregaban leche, sino que ¡hervían el café molido directamente en la leche! Los oyentes invariablemente se quedaban con la boca abierta. Que se pudiera comprar pan, manteca, carne y azúcar, bananas y naranjas en cantidades que a uno se le antojara, era del todo incomprensible para la mayoría de sus interlocutores de la Alemania de posguerra.

Mucho tiempo después estas impresiones tuvieron para mí una repercusión tardía y en cierto modo graciosa. Sucede que cuando leí el libro “¡Viven!” sobre los uruguayos caídos en el Glaciar de las Lágrimas al Oeste del Sosneado, me topé con el capítulo donde se describe cómo los sobrevivientes comenzaron por comentar las comidas preferidas que preparaban las madres de cada uno para luego pasar a hacer listados de los restoranes de Montevideo y los platos que en cada caso se servía. Al leer este pasaje me asaltó un ataque de risa tan tremendo que duró, creo, horas y preocupó a Marlú tanto que estuvo a punto de llamar a un facultativo porque el achaque no quería pasar. Todavía hoy debo al menos sonreír. Fue por el reflejo fiel que me produjo este relato de lo que me había sucedido en la posguerra en Europa. Pero es invariablemente así: cuando falta para comer, las conversaciones giran precisamente alrededor de este tema.

 

*    *    *

Recuerdo muy en especial la mañana después de haber regresado con mis padres a la Argentina, a mediados de mayo de 1948; ellos y yo tras quince años de ausencia, de haber pasado toda la guerra y, casi peor, la posguerra.

Mamá y papá conocieron desde luego hermosos tiempos de paz y de abundancia. Yo, de memoria, solo períodos de hambre y de penurias. Donde nada se podía comprar sin los cupones de racionamiento, y aún con estas papeletas únicamente lo que había en stock. Dinero no importaba: para adquirir cualquier producto había que tener los famosos talones de racionamiento (aunque, sí: el dinero tenía su valor en el mercado negro, donde sin embargo uno arriesgaba el pellejo).

Durante la travesía de Hamburgo a Buenos Aires en la motonave Córdoba pudimos hacernos de algo de dinero. Teníamos no sé de dónde algunos eslabones de una pulsera de oro. En el barco apareció enseguida un interesado, y otro entendido que asesoraba a ambas partes en la transacción. El hecho es que por los antedichos grilletes nos pagaron, recuerdo, siete pesos moneda nacional. ¡Todo un capital para empezar una nueva vida tras haber perdido absolutamente todo!

El asunto es que volvimos a Buenos Aires con los consabidos siete pesos y una valija de mano cada uno, llenas de harapos. Un tío nos facilitó su vivienda, y a los dos días mi padre ya estaba trabajando. Y ganando un sueldo. Así de fácil era.

Pero vuelvo a “la mañana después” de nuestro arribo a Dársena Norte. Tras despertarnos Oskar dijo: “Voy a comprar pan y manteca para el café con leche”. Y se aprestó a salir.

Acostumbrado a tantos años – para mí, ¡toda una corta vida! – de escasez y penurias lo acompañé, incrédulo, en el mandado. Vivíamos en Parque Patricios, y papá caminó media cuadra por Uspallata dando la vuelta por la calle Luna para entrar en una pequeña panadería que hoy todavía existe. Me quedé aguardando en la vereda.

Estaba seguro que si alguien entraba en un comercio y pedía “pan y manteca” sin entregar los famosos cupones de racionamiento, sólo contra dinero cantante y sonante, lo sacarían a patadas. Tal cual, me imaginé.

Pero no: a los dos minutos salió con un par de flautas de francés bajo el brazo y un pancito de manteca. Quedé anonadado: ¿Así que existían lugares en este universo donde era posible comprar cualquier producto contra dinero y en cantidades ilimitadas? ¡Maravilloso!

Comenzaba a percatarme que me encontraba en el mejor país del mundo. Con el andar del tiempo fui cimentando esta idea.