Free Web Hosting by Netfirms
Web Hosting by Netfirms | Free Domain Names by Netfirms

El vergonzoso y escandaloso desenlace del Mito de los Incas 

1ª Parte: LA BÚSQUEDA

En procura de caminos, asentamientos y testimonios  
de los antiguos peruanos en el noroeste argentino

 En nuestro país son numerosos los sitios donde se pretende haber descubierto la traza o vesti­gios de los caminos imperiales, bien que en todos los casos se trata de tramos cortos e inconexos entre sí: entre Uspallata y Barreal; por Guandacol (La Rioja); en Angulos, Campanas y el valle de Santa María (Catamarca y Tucumán); en el valle Calchaquí hasta el Acay (Salta), y en otras partes más.  

Tres ejemplos inconfundiblemente incaicos que son frecuentes en el Perú pero que no aparecen entre nosotros: la hornacina, puerta o ventana trapezoidal, el quipu (contabilidad con cordones anudados) y los cráneos trepanados. Lo que más se ha trasladado del Perú a nuestro territorio


Entre los arqueólogos e historiadores hay quienes sostienen e insisten que los incas invadieron territorio actual argentino poco antes de la conquista española. Otros, contados, negaron o niegan tal posibilidad: Juan B. Ambrosetti, Milciades Alejo Vignatti y el autor de estas líneas. Empero, algunos de los profesionales de las ciencias de la antigüedad expresan sotto voce dudas respecto de una posible "incaización", aunque no lo manifiestan en público o por escrito para evitar discusiones con sus colegas ("Conmigo no se discute; ¡se aprende!" solía decir Dick Edgar Ibarra Grasso, autor de la monumental "Arqueología Indígena", cuando se tocaba el tema). No es por cierto una postura científica.
¿Cuál es, pues, la realidad? Todo apunta a que la presunta ocupación del NOA por los batallones incaicos sea un mito (del griego mythos: fábula, ficción, mentira). Examinemos los hechos y analicemos algunos de los argumentos más contundentes en contra y los escasos testimonios a favor del tan debatido problema.
Desde mucho antes de Einstein, todo es, desde luego, relativo. En las islas Baleares, en Mallorca, al NE de Palma hay una ciudad llamada Inca, y en Colombia se le dice "inca" en forma genérica a todo lo que es muy antiguo pese a que los antiguos peruanos jamás estuvieron ni allí, ni tampoco aquí. En rigor, sólo se dispersaron sobre parte del actual Perú, por el sur del Ecuador, sobre el altiplano de Bolivia y tal vez hasta el Norte de Chile. Ya lo dice frai Pedro Gargia en una crónica manuscrita al describir la conquista, de la que fue contemporáneo: "Para la misión Nueva Toledo (a fin de explorar el actual Chile) Paullo Topa, hermano del emperador Manco, fue enviado junto con tres castellanos para adelantarse al ejército y determinar qué ruta convenía más (desde el Cuzco en dirección Sur). Durante la primera parte usaron el gran camino de guerra de los incas que conducía a través del tablazo rumbo Sur. Mas luego (a partir del lago Titicaca) no había rastro de camino, ni de senda."
Claro que no: ¿Qué es lo que los incas iban a buscar aquí que tanto pudiera interesarles: oro, plata, gemas, que hasta el día de hoy no se encontraron en cantidades significativas? ¿O tal vez frutas u hortalizas frescas, todo eso para transportarlo a través de 2.500 kilómetros de un cruel desierto hasta la capital de su imperio? Cuando más, tal tesitura parece improbable.
Pero examinemos estos otros interrogantes: ¿Por qué ni Almagro ni tampoco Rojas durante sus respectivas "entradas" se encontraron con incas en el Noroeste argentino? ¿Acaso tras medio siglo de dominio los incas habían abandonado en su totalidad y en forma precipitada nuestro territorio poco antes del arribo de los conquistadores? Del mismo modo cabe inquirir, ¿por qué tampoco quedó reflejada la imagen del guerrero Inca en el arte rupestre de los aborígenes argentinos? Si en Cerro Colorado (Córdoba) sobrevivió el famoso "español a caballo", con su yelmo, su coraza, su cabalgadura y sus mastines, ¿por qué no retrataron allí a los incas? O esta otra incógnita: ¿Se descubrió aquí siquiera un sólo cráneo trepanado, esa costumbre tan peruana (y egipcia) al punto que en los museos del Perú se conservan unas 10.000 calaveras perforadas? ¿Por qué en ningún esqueleto exhumado en el NOA pudo diagnosticarse la presencia de la famosa os incae (una notoria irregularidad en la formación del hueso occipital)? ¿Por qué jamás se encontró en una sola de las tantas tumbas intactas excavadas en el NOA un quipu o algo que se pareciera a los manojos de cordones anudados para fines (probablemente) de contabilidad? ¿Por qué no aparecen en las construcciones originales elementos tan netamente incaicos como la hornacina trapezoidal, el pulimento y encastre sin argamasa de la piedra, los clavos de piedra en las paredes para atar los techos de doble agua, puertas o ventanas con doble jamba y paredes de piedra con esos tetones o protuberancias tan características en el Cuzco? Del mismo modo faltan las intihuatanas y los tejidos de trama muy fina tipo Paracas o Nazca.
Todo lo dicho no invalida la presunción que la cultura cuzqueña penetró territorio hoy argentino. Ello queda reflejado tanto en las vasijas símil aríbalo como en las imitaciones del tumi (aunque este cuchillo semicircular se usa también entre los esquimales). Pero en rigor nada de lo hallado en el NOA es de procedencia peruana, salvo en la imaginación de quienes postulan tal teoría. Como que por caso en nuestra tierra se fundían admirables discos, hachas y campanas de bronce de tamaño considerable mientras los incas sólo atinaron hacer de este metal cucharitas, cinceles y palitas de este metal, o sea objetos diminutos. ¿Por qué no habrían llevado a su país el secreto de fundir piezas de gran tamaño? Por qué, por qué, por qué.
Traté también de develar el enigma de los "caminos imperiales" recorriendo en 1982 con un Cessna la Precordillera desde el Acay hasta Uspallata; vi carrocarriles, picadas sísmicas, huellas diversas, senderos de animales, pero de aquello que buscaba, ¡nada!
Con todo, en un lugar del NOA sabemos positivamente que los incas sí estuvieron. En "Encomiendas del Tucumán" leemos: "El Pueblo de Ingas tiene 10 tributarios; son descendientes de indios ingas que vinieron del Perú a la conquista de esta Provincia, a que concurrieron, por cuya causa se han dejado libres."
Tratase de los que escoltaron a Paullo Topa Inca, quien en 1535/36 acompañó a Diego de Almagro al antiguo Tucma y los que en parte luego se radicaron sobre el río Medina, 20 km al Sur de Simoca. Un cartel medio descascarado con la leyenda "Estancia Ingas" señala el preciso lugar del histórico asentamiento.
Queda empero un importante argumento a favor de la posible presencia incaica entre nosotros: y es el hallazgo de objetos de neto estilo (o acaso origen) peruano en los santuarios de las altas cumbres argentino-chilenas. ¿Por qué estas ofrendas son más frecuentes aquí que en el propio Perú, si es que este rito procedía de allá?

El único lugar en la Argentina actual donde, según documentos escritos, estuvieron físicamente presentes los incas: la Estancia Ingas, 20 kilómetros al Sur de Simoca, Tucumán. Fueron los que vinieron acompañando a Paullo Topa Inca, que hacía de “baqueano” para Diego de Almagro en su entrada descubridora de 1536, y que se asentaron en este paraje. El autor junto al cartel indicador

Tal vez haya que invertir el planteo y preguntarse si la cultura de los aborígenes “argentinos” no fue por caso tan poderosa que desde aquí se difundió hacia el Cuzco. ¿Por qué no?

 

 

2ª Parte: FALACIAS, FRAUDES, EMBUSTES Y ENGAÑOS

En su afán por imponer a toda costa sus teorías los arqueólogos han llegado al extremo de falsificar la verdad y adulterar la realidad 

 

Prácticamente todos los arqueólogos activos militan en el mismo bando: el de los defensores a ultranza de la tesis de “los incas en la Argentina” (para dar mayor énfasis a su postulado suelen escribir Inka, ¡con k!). Algunos veteranos, a fuerza de repetir siempre lo mismo, se han ellos mismos terminado por convencer de lo que dicen y escriben; otros no tanto, pero no quieren caer en la herejía de abjurar públicamente de este dislate; y los jóvenes tienen que nadar a favor de la corriente para evitar ser bochados en sus exámenes o no ser admitidos en el dilecto círculo de la cofradía.
¿No sería reconfortante que al menos alguno de los más avezados estudiosos tomase una postura imparcial y objetiva? Pero nadie atreve enfrentarse con el resto de sus colegas. Una calificación paupérrima para los arqueólogos profesionales.
Las discusiones sobre si los incas avanzaron hasta el NOA e inclusive hasta Cuyo se remontan a los fines del siglo XIX. Tal vez la primera documentación de un Camino del Inca se encuentra en un mapa geológico del Departamento Las Heras, provincia de Mendoza, levantado y construido en 1890 por German Avé Lallemant y publicado en los talleres del entonces recientemente fundado Museo de La Plata. Avé Lallemant hace nacer esta vía cerca de Ranchillos, en la boca del río Mendoza al Este de Uspallata, y la traza con dirección Norte, casi rectilínea, hacia Barreal (San Juan).
Difícil resulta determinar en qué se basó este hombre de ciencia. El hecho es que esta referencia fue tomada medio siglo después por arqueólogos cuyanos, que a todo esto descubrieron en Tambillos, al Norte de Uspallata, restos de pircas que creyeron identificar como de origen incaico. Desde las proximidades de este pequeño yacimiento arqueológico puede efectivamente verse un calvero que sigue en dirección Sur. 
El ingeniero Sorkin, quien alrededor de la primera Guerra Mundial tendió el camino de Uspallata a Barreal (hoy RP 39), sin embargo no hace mención de esta huella.
Lo cierto es que el “Tambo y Camino Incaico de Tambillos” se ha convertido en una especie de centro de peregrinación de los aduladores de los antiguos peruanos.
En las imágenes de alta resolución de la NASA con un detalle de 14,5 metros por píxel, hoy no se observa ni sombra de este camino, que acaso haya sido una antigua rastrillada en el itinerario de San Juan a Chile, como se la observa también en la cuenca de la Laguna Brava (La Rioja).
Lo de los caminos imperiales tuvo y tiene entre nosotros gran auge, desde la intrincada red de rutas plasmada por el clérigo León Struwe Erdman hasta los últimamente pregonados “500 kilómetros del Camino del Inca (en Bolivia) que estaban ocultos”. Particular magnetismo ejerce sobre los investigadores las ruinas de Shinkal, cerca de Londres, Catamarca, por ser presuntamente el baluarte más austral de los incas en nuestro territorio. Cuando en cierta ocasión yo miraba al doctor Alberto Rex González con una expresión de escepticismo, riéndose me dijo: “Ya sé, Kirbus, usted tiene otra opinión al respecto”, y continuaba imperturbado con su exposición.
Lo que ocurrió aquí, en Shinkal ya entra en el terreno del dolo malintencionado. Porque durante la reconstrucción de estas ruinas en la década de los ’80 se quiso poner especial énfasis en demostrar que el complejo era de origen incaico. Para ello se levantaron las pircas de forma tal que puertas y ventanas, previamente inexistentes, ofrecen ahora no ya el clásico diseño ligeramente trapezoidal de la antigua arquitectura peruana sino que forman virtualmente un triángulo: arriba, casi cerrado, y un umbral ancho. Como para que nadie se atreviera a cuestionar la factura “indubitablemente incaica” de los recintos.
La “regla de oro” aplicada por los antiguos peruanos en la construcción de edificios de piedra fue que tanto con fines estéticos como antisísmicos la anchura superior de aberturas (puertas, ventanas y hornacinas) tuviese una relación de 3 a 4, o sea, si fuera aquí el caso, 75 centímetros de ancho del dintel y un metro del umbral. Sirva este dato a los profesionales que en el futuro quieran reconstruir ruinas arqueológicas y pretenden mantener una similitud con el original ya inexistente.
Lo triste en el caso Shinkal: en la refacción llevaba la voz de mando un descendiente de uno de los arqueólogos catamarqueños más serios y preclaros de la primera mitad del siglo XX. Así quedará esta adulteración arqueológica del Shinkal per saecula saeculorum para confundir futuras generaciones de curiosos y estudiosos.
Otro caso: el complejo arqueológico de Potrero de Payogasta, y en particular los restos de un edificio con una pared rematada en un frontón triangular como para techo de dos aguas, construcción que si bien es conocida en la tradición toponímica local como “La Capilla”, para los arqueólogos no es otra cosa que un claro ejemplo de estilo inca de techo a dos aguas.
Algo parecido: el complejo arqueológico de Quilmes. Cuando a comienzos de la centuria pasada Carlos Bruch visitó el extenso yacimiento, en su libro “Exploraciones Arqueológicas” hace referencia a la represa de agua situada al pie del “Filo del Molino”.
De nada sirvió este inobjetable antecedente: al encararse a fines de la década de los ’70 la recuperación parcial de Quilmes, las ruinas de un edificio de unos once por seis metros se reconstruyeron casi desde sus fundaciones y se lo rebautizó Tambo del Inca. Con puerta trapezoidal, desde luego, aunque no se tuviera certeza alguna de la factura primitiva.
Lo cierto es que según los pobladores más viejos de la comarca aquello fue un molino de cereales de los tiempos de la conquista o colonia. Recuerda la lúcida tradición oral lugareña que dos piedras de moler que se encontraban en el sitio fueron colocadas sobre grandes ramas y tirado a modo de trineos con varias yuntas de mulas o caballos hasta Fuerte Quemado. Es más: de una acequia que bordea el piedemonte del Filo del Molino salía una hijuela como canal de aducción para el agua, zanja que en las tareas de reacondicionamiento fue tapada.
Hay razones para creer que tampoco la represa sería de origen precolombino, como se pregona; si lo fuera sería única en su genero en toda América. Los naturales del NOA aplicaban otros métodos para el riego de sus cuadros y terrazas de cultivo, y la molturación de los cereales se hacía en morteros de piedra, o sea, en las famosas conanas.
¡Ni qué hablar de propuestas descabelladas tales como que los incas trazaron sus caminos imperiales esparciendo sal por donde debía pasar la huella a fin de matar la vegetación (al mejor estilo de los antiguos romanos con Cartago), o que con fogatas en las cumbres de muchos altos cerros se podía mediante señales de humo “trasmitir una noticia en el día desde el Aconquija hasta el Cuzco”!
Todo aguarda aún al profesional con un dejo de dignidad para explicar y poner las cosas en su lugar.
Casi como una reacción espontánea ante tanta desfachatez de algunos arqueólogos por imponer y divulgar obstinadamente su parecer, acaba de repetirse en nuestro medio algo parecido al celebérrimo caso Piltdown: aquél embuste cuando en 1912 alumnos fraguaron en una cantera inglesa el hallazgo de huesos de simio para poner en ridículo a un crédulo profesor en la discusión sobre el origen de las especies.
El hecho es que en 2003 un grupo de andinistas halló en la cima del cerro Tórtolas, San Juan, en medio de los vestigios de un santuario de altura ya previamente saqueado, dientes humanos atados con un hilo de oro al mejor estilo incaico.
Cual no sería el desengaño de los entusiasmados descubridores cuando un experto comprobó que algún bromista había colocado allí varias piezas dentales de esas que los odontólogos usan para verificar el color de la dentadura, con sus correspondientes número de catálogo, atados con un fino hilo dorado para regalitos.
Empero, el colmo de tales patrañas, siempre en tren de demostrar a toda costa la presencia de los incas en actual territorio argentino, se perpetró cerca de la cumbre del Llullayllaco en marzo – Semana Santa – de 1998. Un fraude como acaso nunca antes se cometió en la historia de la arqueología universal.
Protagonista, spiritus rector, promovedor e instigador de este episodio trascurrido a casi 7000 metros de altura en los Andes argentino-chilenos fue un antropólogo norteamericano con estudios realizados en Austria que con anterioridad había efectuado investigaciones a lo largo de la Cordillera: Johan Reinhard, que en su haber tenía un variado ramillete de credenciales (ver: www.google.com BÚSQUEDA: “Johan Reinhard”).
Empero a este hombre aún le faltaba un lauro en su palmarés: excavar la tumba más alta jamás hallada. Desde la exhumación de varias momias en el volcán Ampato (Perú) pasando por la prospección de las construcciones indígenas dentro del cráter del Licancabur (Chile/Bolivia) hasta la inmersión en las aguas del Cráter Escondido (hoy falazmente llamado Corona del Inca, macizo del Pissis, Argentina), sin olvidar la obtención del preciado Premio Rolex, Reinhard atesoraba un cúmulo de logros arqueológicos. 
Sin embargo, en su foja de servicios brillaba por su ausencia algo que nadie después pudiera igualar, y mucho menos superar: exhumar el sepulcro indígena más alto de América.
Para ello, el Aconcagua (6959 metros snm) no servía porque con unas 8000 ascensiones por temporada es demasiado transitado y cualquier testimonio ya hubiera sido encontrado (de todos modos, en 1985 Schobinger había rescatado del Monarca de América una momia a 5300 metros de altitud). 
Evaluando la lista de colosos que siguen por orden de altura, tampoco se prestaban mucho para este propósito el Pîssis (6.882 m), el Ojos del Salado 6.869 m), el Tupungato (6800 m, cubierto por un permanente caparazón de hielo), el Bonete (6759 m) ni tampoco el Tres Cruces (6.749 m).
Pero quedaba un cerro que sí se prestaba para el audaz operativo: el Llullayllaco, de 6739 metros de elevación. Era adecuado para este propósito porque en los alrededores de las demás cumbres mencionadas (salvo la momia del Aconcagua) son escasos los vestigios arqueológicos hallados. En cambio, en el piedemonte del Llullayllaco sí se habían descubierto un par de cementerios indígenas, y cerca de la cumbre, una serie de construcciones de piedra de posible factura precolombina. Una combinación ideal, pues.
Reinhard sometió entonces a diversas instituciones internacionales un plan a fin de obtener el apoyo económico para el ambicioso proyecto y de paso asegurarse la difusión mediática imprescindible. La empresa incluía la contratación de varios peruanos que en su patria ya habían cooperado con Reinhard en investigaciones de altura, lo mismo que de un grupo de profesionales y aficionados argentinos con el objeto de respaldar su tarea; la recuperación de varias momias en enterratorios situados al pie del solitario volcán, y la puesta en escena del operativo de rescate en la cumbre propiamente dicho.
Una vez instalados en el rellano debajo de la cumbre, a unos 6700 metros, lugar apropiado para la mise en scène por la presencia de recintos pircados de posible origen prehispánico, se puso manos a la obra.

 


A la luz de lo que hoy sabemos resulta increíble que quienes después leyeran los relatos y por sobre todo quienes vieran las fotos documentales no hayan reparado en la mentira que se presentaba a los ojos del mundo.
Lo primero que debió llamar la atención fue cómo en una plazoleta de respetable superficie se pudo acertar con absoluta precisión para cavar pozos cilíndricos de “más de cinco pies” (l.50 metros) de profundidad hasta dar con las momias.
Ciertamente que para extraer los cuerpos momificados, éstos previamente debieron haber sido depositados in situ.
Para ello a su vez los sepultureros aborígenes debieron haber excavado un hoyo más profundo aún que el metro y medio en cuestión. Y excavarlo utilizando instrumentos primitivos como hachas de piedra con mango de madera, y no herramientas modernas como las de los investigadores contemporáneos. Estos hoyos debían tener una forma cónica para que los excavadores movieran las hachas en forma oscilante hasta alcanzar la profundidad deseada.

Dos fotos publicadas en el NGM, noviembre de 1999, de la “Operación Rescate”. A la izquierda, una vista general del rellano bajo la cumbre con restos de construcciones presumiblemente precolombinas. A la derecha, la excavación de supuestas cestas funerarias. El hombre que sostiene el balde debería estar parado sobre la momia que estaba a punto de extraer

 

Aparte de la improbabilidad de tal tarea, que de haberse llevado a cabo debió resultar en el empleo (y la rotura) de muchas decenas de azuelas (de las que en todo caso no se halló vestigio), en las fotos publicadas en las páginas del National Geographic Magazine el suelo de basalto que se observa resulta totalmente homogéneo, sin rastros de un laboreo previo. A los redactores de la revista norteamericana, como tampoco a la comunidad arqueológica, no llamó la atención ni cómo Reinhard & Co. pudo dar con tan maravillosa exactitud con las tumbas, ni que el subsuelo excavado fuera virgen, sin haber sido revuelto previamente.

Supuesto “rescate” de un párvulo. El suelo (basáltico) se ve totalmente homogéneo y sin rastros de haber sido previamente revuelto para la “inhumación” de los difuntos. Además, lo que aquí costó hacer con pico y pala los naturales, improbablemente, lo debieron haber hecho con hachas de piedra y mango de madera

 

Claro que no: bajo la cumbre del Llullayllaco no se encontró ni un solo sepulcro, ni tampoco momia alguna. Las que se presentaron habían sido llevadas hasta la cima de un enterratorio en el talud inferior del volcán. 
Así se pergeñó a la vista del público un fraude sin precedentes en la historia de la arqueología universal. 
Todo esto para satisfacer el ego de un hombre decidido a poner sus ambiciones personales por encima del rigor científico. Y que a la vez arrastra consigo a terceros que participan de la patraña por un vil estipendio metálico y una fama que al final resulta indebidamente habida.

http://www.kirbus.com.ar y 3 Links: